domingo, 29 de enero de 2012

Se llamaba indiferencia


Ya dejaste de frecuentar mi almohada,
No volviste a pasarte por mis sueños,
Ni si quiera dejaste tu nombre en mi memoria.

Un día fuiste la única entre todas,
Aquella chica que caminaba de esa forma,
Esa forma que volvía loco a cualquiera.

Aquel olor que aún busco por las calles,
Que intento recordar a cada instante,
Aquella esencia que asocié con el amor.

Y tú, con esa falda y ese escote,
Bailabas sola en aquella plaza,
Poniendo celosa a la luna.

Nunca conocí un pájaro más libre,
Nunca sufrí una indiferencia tan mortal,
Estabas tú, sola, así todo iba bien.

Entonces comprendí que tenía que ser así,
Que nunca tendría que besarla,
Porque nadie merece el más frío de los besos.

Ya dejé de frecuentar tu almohada,
No volví a pasarme por tus sueños,
Ni siquiera dejé mi nombre en tu memoria.

Cenizas mojadas


Recuerdo amargas las noches en las que ni tú podías hacerme sonreír,
En las que las noches se veían más negras y oscuras,
Era el reino de lo absurdo, en el que un pequeño despiste
 hacía brotar la más profunda de las tristezas.

Éramos jóvenes, y éramos idiotas,
Dos pequeños niños jugando a ser mayores,
Capaces de sentir la más intensa de las pasiones,
Seguida de la más absurda de las disputas.

Tiempos en los que ni tú sabías quién eras,
Tiempos en los que tu ombligo salía en las portadas,
Tan rápido vino aquel amor,
Se fue de la forma más cobarde,
Aquel amor que siempre vuelve,
Ese que nunca acabaste de comprender.

Éramos jóvenes, y éramos idiotas,
Dos idiotas que aun siendo mayores,
Seguimos jugando al escondite,
Ese juego en el que nunca se gana.

Recuerdos que aún siguen en mente,
Recuerdos que se convierten en ceniza,
Tal vez como el fénix, algún día vuelva,
Como la lluvia, que siempre vuelve.

Pero ya no volverá a ser lo mismo,
Quizá se esté mejor sin tanta lluvia,
Viviendo como un cactus en el desierto,
Sí, solitario, pero tranquilo.


Enrique Endolz