Vi
su foto, le miré a los ojos.
Me temblaron las rodillas.
Hasta los cipreses que
estaban detrás se estremecieron.
Podía notar como se encogían sus pequeñas
hojas verdes, como se retorcía y crujía la corteza, como los frutos marrones y
secos se hacían cada vez más y más pequeños.
Yo era un ciprés.
En ese momento
comprendí porque había tantos cipreses en los cementerios.
Los miraba, tan
altos y encorvados, se les veía sufrir.
Eran árboles tristes, sus pequeñitas
hojas son de un verde muy apagado, como si quisieran mostrar que la esperanza
que tuvieron, ya la perdieron hace mucho tiempo.
Y sus frutos no son
comestibles, son unas piñas redondas que nacen casi secas y enseguida perecen,
inertes.
Como si el propio ciprés se avergonzara de crear vida en ese lugar tan
yermo, como forma de mantener el respeto hacia los muertos.
Son árboles que te
comprenden, que te acompañan en tu solitaria tristeza, en los momentos amargos
y crueles que te da la vida.
Son árboles nobles, ellos tratan de ayudarte a
soportar de una forma más llevadera tu sufrimiento.
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