jueves, 25 de abril de 2013

Los cipreses


Vi su foto, le miré a los ojos.
Me temblaron las rodillas.
Hasta los cipreses que estaban detrás se estremecieron.
Podía notar como se encogían sus pequeñas hojas verdes, como se retorcía y crujía la corteza, como los frutos marrones y secos se hacían cada vez más y más pequeños.
Yo era un ciprés.
En ese momento comprendí porque había tantos cipreses en los cementerios.
Los miraba, tan altos y encorvados, se les veía sufrir.
Eran árboles tristes, sus pequeñitas hojas son de un verde muy apagado, como si quisieran mostrar que la esperanza que tuvieron, ya la perdieron hace mucho tiempo.
Y sus frutos no son comestibles, son unas piñas redondas que nacen casi secas y enseguida perecen, inertes.
Como si el propio ciprés se avergonzara de crear vida en ese lugar tan yermo, como forma de mantener el respeto hacia los muertos.
Son árboles que te comprenden, que te acompañan en tu solitaria tristeza, en los momentos amargos y crueles que te da la vida.
Son árboles nobles, ellos tratan de ayudarte a soportar de una forma más llevadera tu sufrimiento.

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